viernes, 8 de noviembre de 2013

La sin razón del corazón

Cuando era pequeña y, en el cole o en casa, me pedían que hiciese un dibujo, casi siempre pintaba una gran casa en mitad de un verde prado, iluminado con un radiante sol que nos miraba sonriendo a mis padres y a mi (que era a los que siempre pintaba), que estábamos fuera de casa con una sonrisa bien parecida a la que el sol nos regalaba. Y, también, para adornar y hacer aún más bonito el dibujo, pintaba alguna que otra nube blanca en lo alto del cielo y ponía también muchos corazones por todos lados. 

Unos corazones que, en aquel tiempo, me resultaban imposibles dibujar de otro modo. Y que con el paso de los años, aprendí que no era exactamente aquella la forma del corazón. 

Todos, grandes o pequeños, románticos empedernidos, enamorados o no, hemos dibujado a lo largo de nuestra vida muchísimos corazones. Pero... ¿porqué los dibujamos de esa forma?

Claramente, una las las primeras razones sería lo complicado que resultaría dibujarlo tal y como es realmente. Otras, sobre su forma, son mucho más diversas. 

La primera con la que nos encontramos, quizás la más probable, sea solo una simplificación del verdadero contorno del corazón. Si lo pensamos fríamente esa redondez en la parte superior que contrasta con la inferior que es algo más puntiaguda, y la división de ambos ventrículos, no quedaría muy alejado de cómo lo esquematizamos.

Otra posibilidad, bastante curiosa, es que provenga del contorno de una planta. Esta planta se llama Silfio y era utilizada antiguamente, y en zonas africanas, entre otras tantas cosas, como anticonceptivo. Por lo que teniendo en cuenta el asombroso parecido de cómo era representada esta planta en algunas monedas de plata que se conservan de la época, a cómo representamos actualmente al corazón, no sería de extrañar que este fuese el motivo por el que así lo dibujamos.

También, fijándonos en la naturaleza, podría deberse a la figura que forman los cuellos de dos cisnes juntos, como si ambos se besasen. Cabe recordar que este animal para muchos poetas es sinónimo de belleza y perfección, y con ambas no puede ir unido si no el amor.

Pero, cuenta la mitología que junto a Venus siempre había un niño, Cupido, que llevaba a su espalda dos tipos de flechas; unas doradas con plumas de paloma que provocaban un amor instantáneo, y otras de plomo con plumas de búho que provocaban la más cruel indiferencia.

Y, personalmente, me gusta pensar que es de esa punta dorada de las flechas de Cupido, de dónde nos viene el trazo que decora desde dibujos infantiles, hasta hermosas cartas de amor.


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