jueves, 14 de noviembre de 2013

Lágrimas

En un país muy lejano, o a lo mejor muy cercano, en una época muy antigua, tanto que a veces se confundía con el origen de los tiempos, o por el contrario, en una época tan actual y moderna que daba la impresión a los que en ella vivían que no existiría nada más futurista, nació y vivió e incluso podemos decir que murió, y además varias veces, una niña que desde el principio habían calificado como poseedora de un talento y una fuerza que el mundo y los mortales se asombrarían de todas las posibilidades que podrían tener en sus manos.

Como es común en las personas trabajadoras, o eso dicen, suelen realizar su trabajo de una forma que a la par de resultarle entretenida y adictiva, se realiza con la ambición de tocar la perfección relativa, que consiste en dar lo mejor de uno mismo.



Este trabajo consistía más bien en una pasión latente que en el interior de aquella niña, daba la vida por la vida, porque sin ello realmente nada tendría sentido en esta, y no habría más vida que esa.

Como es de esperar en un mundo justo, o eso queremos pensar, la muchacha consiguió rápidamente, y tras horas de sueño interrumpidas, logros momentáneos y que le ayudarían como quien dice a despegar. Esto le daba toda la fuerza necesaria para mantenerse latente en ella ese sentimiento que tenemos todos de curiosidad por lo que vendrá después, y que ante este estímulo solemos reaccionar de forma acelerada, yendo más deprisa y de manera más constante, atraídos por la ansiedad y las ganas de descubrir el final.

Pero como es común en un mundo injusto, la pequeña muchacha empezó a sufrir la aparición de personas que realmente no querían que ella sobresaliese de entre los demás, bien porque querían ese puesto para ellos mismos, bien porque confunden el amor con frenar las aspiraciones de llegar a ser todo lo que somos con el alejamiento, intentando desesperadamente cohibirla, o sin embargo, porque no le interesa lo que pasa por la mente de su propia carne.

Pero esta luchadora no quería acabar con todo, y para ello, solía emplear la risa, que ante los demás parecía querer conseguir una visión de pureza y de felicidad, de un alma que estaba en proceso de rotura, sin posibilidad de arreglo alguno.

Pero también es frecuente de guerreras como estas, aguantar y luchar por los casos imposibles, y bien conocido es por algunos, que estas luchas suelen acarrear grandes decepciones, al invertir un gran esfuerzo y al final tener que dejarlo ir.

Pero ella seguía riendo, intentando ocultar su decepción y su angustia vital, para poder aceptar el adiós por un simple hasta luego. Las carcajadas cada día eran más sonoras, hasta convertirse en un quejido sordo, extravagante, que solía hacer pensar que la felicidad era algo extremo, como se equivocaban. Además, empezó a hacerse cada vez más pequeña y más enclenque y su rostro se volvió completamente blanco.

Al final llegó un momento en el que los de al rededor solo sabían que estaba allí por su risa. Ella lo odiaba, pero no podía expresarlo, porque no tenía fuerzas para pronunciarse de ninguna manera.

Al final de nuestra historia, o puede que solo sea el principio, se hizo tan diminuta, que su risa no se escuchaba, y al ver que toda la guerra estaba perdida, empezó a llorar gritando cada vez más fuerte, o por lo menos intentándolo, ya que la risa había hecho desaparecer su voz.

La niña ahogó en lágrimas. Y tan solo hizo falta una gota, para que sus pulmones se mojasen, y su nariz no pudiese volver a respirar.


Fotografía realizada por: Carmen Salvador 

Tuvo que soltar la mano a todas aquellas cosas que había estado agarrando, que le habían hecho sufrir y que no quería abandonar porque pensaba que algún día mejorarían y la harían crecer. Pero ahí está, más pequeña que un guisante, yaciendo sin que nadie se percatase.


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